El síndrome ovárico metabólico poliendocrino (SOMP), anteriormente conocido como síndrome de ovario poliquístico (SOP), es una de las enfermedades endocrinas más frecuentes en mujeres en edad reproductiva. Se estima que afecta aproximadamente a una de cada ocho mujeres en el mundo, aunque un alto porcentaje permanece sin diagnóstico durante años (1,2).
Durante décadas se consideró principalmente un trastorno ginecológico, caracterizado por alteraciones menstruales, hiperandrogenismo y la presencia de ovarios poliquísticos. Sin embargo, la investigación de los últimos años ha transformado esta visión. Hoy sabemos que el ovario forma parte de una compleja red de comunicación en la que participan el cerebro, el páncreas, el hígado, el intestino, el músculo esquelético y el tejido adiposo (1-4) (Figura 1).

Figura 1. El síndrome ovárico metabólico poliendocrino (SOMP) como una enfermedad multisistémica. BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor, Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro), HOMA-IR (Homeostatic Model Assessment for Insulin Resistance, Modelo de Evaluación de la Homeostasis para la Resistencia a la Insulina), GLUT4 (glucose transporter type 4, transportador de glucosa 4), adiponectina (hormona antiinflamatoria), FLI (Fatty Liver Index) y zonulina (proteína que regula la permeabilidad intestinal). Elaborada con apoyo de inteligencia artificial generativa (ChatGPT, OpenAI) y revisada por los autores.
Este cambio de paradigma sugiere el nuevo término de síndrome ovárico metabólico poliendocrino (SOMP). Esta propuesta refleja una nueva comprensión de la enfermedad: un trastorno sistémico en el que las alteraciones endocrinas, metabólicas y reproductivas interactúan de manera continua y condicionan el riesgo de complicaciones a largo plazo (1,2).
Resistencia a la insulina: el motor metabólico del SOMP
Uno de los hallazgos que más ha contribuido a modificar nuestra comprensión del SOMP es el papel central de la resistencia a la insulina, presente en aproximadamente el 85 % de las mujeres con este síndrome (1). Cuando los tejidos responden menos eficientemente a la acción de la insulina, el organismo compensa produciendo mayores cantidades de esta hormona, generando hiperinsulinemia.
La hiperinsulinemia afecta simultáneamente diversos órganos. En el ovario estimula la producción de andrógenos y favorece alteraciones en la ovulación (1-3); en el hígado favorece cambios que aumentan la cantidad de andrógenos circulantes; en el tejido adiposo promueve un estado de inflamación y altera la producción de adipocinas; en el músculo esquelético reduce la captación de glucosa; y en el intestino, aumenta la permeabilidad intestinal (5). De esta manera, se establece un círculo en el que las alteraciones metabólicas y hormonales se retroalimentan entre sí (1-3) (Figura 1).
Es por ello que el SOMP no solo afecta la salud reproductiva, sino que también puede tener consecuencias importantes para la salud a lo largo de la vida. Existe un mayor riesgo de desarrollar prediabetes, diabetes tipo 2, enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica (MASLD), síndrome metabólico y enfermedad cardiovascular (1-4).
Nutrición: una intervención sobre múltiples órganos
Actualmente, las modificaciones en el estilo de vida constituyen la primera línea de tratamiento del SOMP. La actividad física regular, mantener un peso saludable, dormir adecuadamente, el manejo del estrés y llevar una alimentación equilibrada son estrategias fundamentales para mejorar la salud metabólica y disminuir el riesgo de complicaciones a largo plazo (6).
Debido a que el SOMP involucra múltiples órganos y sistemas, la alimentación también puede ejercer efectos beneficiosos en varios de ellos de manera simultánea (Figura 2). Por ejemplo:
1. La fibra dietética favorece una microbiota intestinal saludable, aumenta la producción de ácidos grasos de cadena corta y mejora la homeostasis de la glucosa (7).
2. Las grasas insaturadas, presentes en el aceite de oliva extra virgen, el pescado y los frutos secos, contribuyen a disminuir la inflamación y favorecen la salud hepática, cardiovascular y del tejido adiposo (6,7).
3. Una adecuada ingesta de proteínas, junto con el ejercicio de fuerza, ayuda a preservar la masa muscular, principal tejido responsable de la captación de glucosa inducida por insulina (6).
4. La vitamina D, el magnesio y los ácidos grasos omega 3 participan en procesos relacionados con la función inmunometabólica, la sensibilidad a la insulina y la regulación hormonal (6).

Figura 2. Intervenciones nutricionales dirigidas a mecanismos fisiopatológicos específicos de cada órgano–incluyendo disbiosis, resistencia a la insulina, inflamación, estrés oxidativo y disfunción mitocondrial–, contribuyendo a restaurar la homeostasis metabólica y reducir el riesgo de complicaciones cardiometabólicas y reproductivas. Elaborada con apoyo de inteligencia artificial generativa (ChatGPT, OpenAI) y revisada por los autores.
Además, la evidencia científica respalda patrones dietéticos como la dieta mediterránea, la dieta DASH y los patrones de alimentación de bajo índice glucémico. Estos patrones comparten características comunes: priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados, alto contenido de fibra y grasas saludables, lo que se ha asociado con beneficios sobre la sensibilidad a la insulina, la salud cardiovascular y algunos aspectos de la función reproductiva (6).
En algunos casos, el tratamiento nutricional también puede complementarse con suplementos como el mio-inositol, cuya evidencia es especialmente sólida para mejorar la sensibilidad a la insulina y algunos parámetros reproductivos, además de vitamina D cuando existe una indicación clínica (6-8).
Más allá de un cambio de nombre
Este cambio de paradigma ha transformado la forma en que entendemos y abordamos el SOMP, permitiendo una visión mucho más integral de la salud de la mujer. Refleja la evolución del conocimiento científico hacia una visión integradora en la que el ovario deja de ser el único protagonista y pasa a formar parte de una compleja red de órganos que regulan conjuntamente el metabolismo, la función endocrina y la reproducción.
Este nuevo enfoque también transforma el papel de la nutrición. Más que una recomendación complementaria, la alimentación constituye una intervención dirigida a modular los mecanismos biológicos que participan en el SOMP. En otras palabras, cuando entendemos que el SOMP es una enfermedad metabólica, comprendemos por qué la nutrición forma parte esencial de su tratamiento.
Referencias bibliográficas
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